8.- La Sangre que fue derramada para oportunidad de la Humanidad

Creemos que la sangre de Cristo fue derramada para la remisión de los pecados y la expiación fue hecha en la Cruz. “ Al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Romanos 3:25)

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Nuestra imperfección de la vida revela la necesidad de una expiación y reconciliación delante de Dios, esta circunstancia nos indica que requerimos de la ayuda divina. En nuestros días, la humanidad se encuentra en un estado de corrupción tal, que no es posible ofrecer un sacrificio para limpiar nuestros propios pecados por nosotros mismos a la usanza antigua del pueblo de Israel (Levítico 5:17-19).

Cristo se ofrece en sacrificio por nuestros pecados.

Porque en aquel entonces, el Todopoderoso estableció la forma de expiar las culpas; esto era por medio de la sangre de animales. Pero los sacrificios dejaron de cumplir su objetivo, pues comenzaron a hacerse de manera mecánica, por costumbre. En consecuencia, la santidad no podía ser restaurada en su valor auténtico, lo que a la postre desagradó a Dios (Isaías 1:11-12), ya que el hombre sólo trataba de justificarse pero con ello hacía recordatorio únicamente de sus pecados (Hebreos 10:1-4).

La expiación de los pecados

Se había realizado por medio de la sangre desde el tiempo en que el pecado entró en el mundo hasta la presencia de Jesús; y sin embargo, Él tenía que morir por nuestros pecados.

Por tanto, era necesario un tipo de sacrificio que verdaderamente purificara al hombre de sus faltas. Sólo la sangre de un cordero perfecto podría, de una vez por todas, purificar a la humanidad de todas sus incorrecciones.

Para ello, Cristo vino a este mundo hecho semejante a los hombres, se ofreció a sí mismo, cumpliendo la voluntad de su Padre, para redimir los pecados de los hombres, con la característica especial de no haber cometido ningún pecado en su vida humana (Hebreos 7:24-28; 9:28).

Ahora se nos concede nuevamente la oportunidad de acercarnos a Dios al aceptar sinceramente el sacrificio de Cristo para nuestra salud.

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