“Y acuérdate de tu Criador en los días de tu juventud, antes que vengan los malos días, y lleguen los años, de los cuales digas, No tengo en ellos contentamiento”.

Eclesiastés 12:1-8

El lenguaje de esta porción bíblica nos describe de una manera hermosa la forma en que la juventud va dejando su belleza, su vigor, su vida. Dios siempre nos advierte por medio de su Palabra las consecuencias de no aprovechar los años que nos da de fortaleza. Muchos de nosotros hemos oído consejos de adultos que nos dicen que no desperdiciemos nuestra vida, lamentablemente pocos somos los que escuchamos el consejo, no prevemos el futuro, cuando ya no tengamos fuerza y nuestro cuerpo se deteriore... Ojalá fuéramos más sabios a temprana edad, para que de adultos no digamos “si hubiera hecho” o “no hubiera desperdiciado tiempo”.

La amistad (del latín amicĭtas, por amicitĭa, de amicus, amigo, que deriva de amare, amar) es una relación afectiva entre dos o más personas. La amistad es una de las relaciones interpersonales más comunes que la mayoría de las personas tienen en la vida. La amistad se da en distintas etapas de la vida y en diferentes grados de importancia y trascendencia. La amistad nace cuando las personas encuentran inquietudes y sentimientos comunes. Hay amistades que nacen a los pocos minutos de relacionarse y otras que tardan años en hacerlo.

Hemos considerado la amistad desde la perspectiva meramente humana, señalando algunos elementos fundamentales en ella. Ahora vamos a elevar nuestro pensamiento a un tipo de amistad que por sus características es única y trasciende a todo lo que a nivel humano hallan vivido hasta ahora. Me refiero al amor de Cristo y su amistad. Nada mejor para esto que recurrir a la descripción que él mismo nos ofrece en el evangelio: "Yo los amo a ustedes, así como el Padre me ama a Mi; sigan, pues, en el amor que yo les tengo. Si obedecen mis mandamientos seguirán en este amor que les tengo, así como Yo obedezco los mandamientos de mi Padre y sigo en el amor que me tiene.

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.” Juan 6:37.

Si previo a la cita bíblica anterior leyéramos lo que dice Juan en los versículos 1 al 14, podremos observar que a medida que pasaban las semanas del ministerio de Cristo, más y más lo seguían, al grado que después de atravesar el mar de Galilea, subió a un monte, tomó asiento con sus discípulos, y una gran multitud de gentes estaba buscándole. En ese lugar y para probar la fe de un hombre, Cristo preguntó: ¿Dónde compraremos pan para que coman éstos?

Al comenzar un nuevo día y decidir lo que vamos a hacer durante las 24 horas que lo componen, hay cosas que cruzan en nuestra mente que seguramente son para nuestro beneficio; cuando las visualizamos podemos darnos cuenta que son acciones para cambiar nuestros hábitos o costumbres que han perjudicado nuestra alma, cuerpo y espíritu. Todo lo que deseamos para nuestro bien, puede que haya estado en nuestros planes desde hace tiempo atrás… ¿Te has puesto a pensar por qué todo lo que deseamos  para nuestro bienestar no lo podemos llevar a cabo? 

Este mundo ha tenido grandes y distinguidos benefactores, hombres que han dado su vida por una patria, por la libertad material. Por un ideal, por una institución etc.,Y todos ellos han merecido admiración y respeto, pero ninguno ha logrado la redención integral de la humanidad, ninguno ha tomado el lugar que ocupó el insigne Maestro de lsrael. El vino como la misma Biblia lo dice: “para dar su vida por la vida del mundo" (Juan 6:51).

"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. El que cree en El no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios". Juan 3:16-18 LBLA