Jesucristo dijo: “...No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; mas el que hiciere la voluntad de mi padre que está en los cielos” (Mateo 7:21)

Diciendo: Padre, si quieres, pasa este vaso de mí; empero no se haga mi voluntad, sino la tuya. (Lucas 22:42)

Gracias a dios que tenemos pruebas constantes de nuestra fe, toda nuestra vida hay decisiones que nos llevan a pensar, en si hacemos las cosas como todos los demás o buscamos a Dios para que nos de su consejo. Creer en Dios, no es sólo mantener su nombre en nuestros labios y que pronuncien su grandeza, también es poner por obra sus mandamientos, obrar justicia y hablar verdad conforme a su palabra (Efesios 6:14).

“Así  hablad,  y  así  obrad,  como  los  que  habéis  de  ser  juzgados  por  la  ley  de  libertad.”  (Santiago  2:12)

Si  por  un  instante   nos  imaginamos  que  las  leyes,  todas,  las  que  rigen al  mundo, al  universo,  la  naturaleza,  a  los  humanos  desaparecieran.  Es  decir,  que  de  pronto  la  fuerza  y  las  normas  que  han  sostenido  a  las  cosas  y  a  los  hombres  dentro  de  ciertos    límites  perfectamente  establecidos  o  definidos ,  perdieran  su  vigencia.  Los  astros    saldrían  de  sus  órbitas  rompiéndose  así  la  armonía  sideral,  provocándose  una  catástrofe  de  tales  consecuencias  que  ni  la  imaginación  mas  exaltada  podría  atreverse  a  describirla.  En  el  mundo  natural,  la  carencia  de   leyes  provocaría  una  anarquía  total,  que  desembocaría  en  la  muerte  de  todo  lo  que  tiene  vida.   Si  desaparecieran  de  improviso  las  leyes  que  rigen  a  la  sociedad,  que  dan  estabilidad  a  los  gobiernos,  y  que  mantienen  a  los  hombres  dentro  de  ciertos  límites  de  acción  y  de  seguridad  para  ellos   y  los  demás,  nos  veríamos  en  una  anarquía  tan  caótica  que  nuestra  civilización  desaparecería  casi  totalmente,  y  si  algunos  lograran  sobrevivir,   tendrían  de  todos  modos  que  imponer  una  ley: “ La  ley  del  mas  fuerte”,  la  ley  de  las   cavernas. 

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable á Dios, que es vuestro racional culto. (Romanos 12:1)

El apóstol Pablo fue un hombre muy preparado en las cosas de Dios, una de las personas más cultas que podemos leer en la escritura; por todos los datos de las cartas y el libro de los Hechos nos podemos dar cuenta que el llamado que le hizo Jesucristo, fue necesario para que por medio de él se manifestara la predicación del evangelio a los gentiles, judíos, griegos, romanos, etc. Y que todos los que creyeran fueran salvos.

¿Qué pues diremos? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Empero yo no conocí el pecado sino por la ley: porque tampoco conociera la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás. (Romanos 7:7)

El pecado según versos bíblicos tiene que ver con la ley que ha establecido Dios desde el principio, no desde que hubo una legislación en el pueblo, sino las leyes que existen en la creación de Dios, para todo es establecido límites, sabiendo Dios que cuando se traspasa alguna norma divina hay una consecuencia. Esto es fácil descubrirlo por medio de la experimentación, muchas leyes que conocemos las podemos poner a prueba. Una que nos es muy común transgredir es la alimentación; cuando conocemos que el abusar de algunos alimentos genera malestares y enfermedades, depende de nosotros si las seguimos comiendo o los evitamos porque en nuestro cuerpo hay leyes que nos avisan para no sufrir posteriormente las consecuencias de nuestras acciones.