"Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra." (Oseas 6:3).

Conocer a Dios es una vida de estudio y de interés, no es decirlo solamente con los labios y manifestar que creemos en un ser supremo. El conocer a Dios es entender también que el hombre puede tener su propia versión del Dios verdadero; pero no hay quién nos pueda mostrar la verdadera gloria de Dios, sino el mismo Dios que ha puesto un guía para la humanidad y que en nuestros tiempos es el Espíritu Santo.

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Nuestra visión de cuándo debe ayudarnos nuestro Dios a salir de las adversidades es muy distinta a la del que decide cuándo es conveniente que venga la ayuda. Nosotros tal vez pensemos que entre más rápido se nos ayude, mejor nos sentiremos, y podremos seguir adelante porque la adversidad ha quedado atrás; también podemos pensar que la adversidad debe ser fácil para no desgastarnos y continuar con nuestra vida como si nada hubiera pasado. Con este tipo de visión perdemos un sin fin de posibilidades que Dios ha creado para nuestra perfección.

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Tal vez pensemos que para liderar tiene que existir un grupo de personas a nuestro cargo, o tener muchas responsabilidades en nuestro trabajo donde tenemos que tomar decisiones importantes. Pensando así perdemos de vista que hemos sido puestos con responsabilidades en este mundo, principalmente con nuestro prójimo, y la inicial y más importante para cada uno: la responsabilidad con uno mismo.

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En las relaciones que guardamos con nuestra familia, amigos, compañeros de escuela o trabajo, novios o esposos, etc., sabemos que de las cosas más importantes es la comunicación, pues es la base de un estado armonioso entre los seres humanos. Cuando vivimos y nos relacionamos con los demás hay mucho que no tomamos en cuenta para que nuestras relaciones sean beneficiosas para las dos partes, para analizar cuánto puedo fraccionar y dañar mi relación con los demás vamos a ver algunos aspectos comunes en nuestra falta de comunicación

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La palabra disciplina etimológicamente proviene del latín “discipulus”, y significa imponer un orden necesario para poder llevar a cabo un aprendizaje; también se define como doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral, arte, facultad o ciencia. Del mismo origen es discípulo, que es quien se somete a la disciplina para lograr capacitarse. Dentro de los fundamentos que se pudieran considerar para obtener disciplina hablaremos de tres características, las cuales son las más destacadas: organización, limpieza y puntualidad.

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