ESTO también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: Que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes á los padres, ingratos, sin santidad. (2a. Timoteo 3:1,2)

La palabra de Dios nos advierte de los tiempos que estamos viviendo, es muy sabio buscar esos avisos para estar preparados para las cosas que debemos confrontar. No es algo que nos sea sorpresa de la codicia que abunda y del peligro que representa que la humanidad viva codiciando, según la definición la codicia es: Ansia de riquezas, ambición, avaricia, avidez. Deseo vehemente de algún bien material o espiritual codicia de poder. 

“Porque  de  tal  manera  amó  Dios  al  mundo,  que  ha  dado  a  su  hijo  unigénito,  para  que  todo  aquel  que  en  él  cree,  no  se  pierda,  mas  tenga  vida  eterna.  Porque  no  envió  Dios  a  su  Hijo  al  mundo  para  que  condene  al  mundo,  mas  para  que  el  mundo  sea  salvo  por  él.  El  que  en  él  cree,  no  es  condenado;  mas  el  que  no  cree,  ya  es   condenado,  porque  no  creyó  en  el  nombre  del  unigénito  Hijo  de  Dios.” (Juan  3:16-18)

Este  mundo  ha  tenido  grandes  y  distinguidos  benefactores,  hombres  que  han  dado  su  vida  por  una  patria,  por  la  libertad  material; por  un  ideal,  por  una  institución,  etc. Todos   ellos  han  merecido  admiración  y  respeto,  pero  ninguno  ha  logrado  la  redención  integral  de  la  humanidad,  ninguno  ha  tomado  el  lugar  que  ocupó  el  insigne  Maestro  de  Israel.  El  vino  como  la  misma  Biblia  lo  dice: “ para  dar  su  vida  por  la  vida  del  mundo”  (Juan  6:51).

Jesucristo dijo: “...No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; mas el que hiciere la voluntad de mi padre que está en los cielos” (Mateo 7:21)

Diciendo: Padre, si quieres, pasa este vaso de mí; empero no se haga mi voluntad, sino la tuya. (Lucas 22:42)

Gracias a dios que tenemos pruebas constantes de nuestra fe, toda nuestra vida hay decisiones que nos llevan a pensar, en si hacemos las cosas como todos los demás o buscamos a Dios para que nos de su consejo. Creer en Dios, no es sólo mantener su nombre en nuestros labios y que pronuncien su grandeza, también es poner por obra sus mandamientos, obrar justicia y hablar verdad conforme a su palabra (Efesios 6:14).

“Así  hablad,  y  así  obrad,  como  los  que  habéis  de  ser  juzgados  por  la  ley  de  libertad.”  (Santiago  2:12)

Si  por  un  instante   nos  imaginamos  que  las  leyes,  todas,  las  que  rigen al  mundo, al  universo,  la  naturaleza,  a  los  humanos  desaparecieran.  Es  decir,  que  de  pronto  la  fuerza  y  las  normas  que  han  sostenido  a  las  cosas  y  a  los  hombres  dentro  de  ciertos    límites  perfectamente  establecidos  o  definidos ,  perdieran  su  vigencia.  Los  astros    saldrían  de  sus  órbitas  rompiéndose  así  la  armonía  sideral,  provocándose  una  catástrofe  de  tales  consecuencias  que  ni  la  imaginación  mas  exaltada  podría  atreverse  a  describirla.  En  el  mundo  natural,  la  carencia  de   leyes  provocaría  una  anarquía  total,  que  desembocaría  en  la  muerte  de  todo  lo  que  tiene  vida.   Si  desaparecieran  de  improviso  las  leyes  que  rigen  a  la  sociedad,  que  dan  estabilidad  a  los  gobiernos,  y  que  mantienen  a  los  hombres  dentro  de  ciertos  límites  de  acción  y  de  seguridad  para  ellos   y  los  demás,  nos  veríamos  en  una  anarquía  tan  caótica  que  nuestra  civilización  desaparecería  casi  totalmente,  y  si  algunos  lograran  sobrevivir,   tendrían  de  todos  modos  que  imponer  una  ley: “ La  ley  del  mas  fuerte”,  la  ley  de  las   cavernas.