Hace más de mil novecientos años que nuestro Señor Jesucristo dijo a sus seguidores que si querían tener vida eterna y resucitar en el día postrero, era menester comer su carne y beber su sangre, porque su carne era verdadera comida, y su sangre verdadera bebida. Esto era tan importante, que les enfatizó esta necesidad. Pues solamente los que participen de esa clase de alimento vivirán con él.

Cuando tomamos un libro y lo abrimos para su lectura, podemos empezar en el principio y bien acabar al final. Me puedo saltar una parte e inclusive para muchos que son impacientes, pueden saltarse al final para saber cómo termina la historia. La literatura es rica es todas las formas que se trata la palabra, muchos lenguajes utilizados son simples para darle al lector una clara idea de lo que se está leyendo, hay escritos complejos donde el lenguaje requiere un conocimiento amplio de las palabras. Si no contamos con ese conocimiento el libro puede perder sentido para el lector y así aminorar lo hermoso de la expresión del autor.

“Ni dirán: Helo aquí, o helo allí: porque he aquí el reino de Dios entre vosotros está” (Lucas 17:21)

Jehová sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto, y cuando ellos llegaron al monte Sinaí, Jehová les dijo: “Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros seréis mi reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.” (Éxodo 19: 5,6). Por esta razón, como en los días del Señor Jesús aún existía el templo y los sacerdotes tenían la administración del culto, El Divino Maestro les dijo a los sacerdotes y fariseos: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él.” ( Mateo 21: 43).