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Sin Cristo no somos nada, con Cristo lo somos todo

La Verdadera Identidad del Hijo de Dios

Sin Cristo no somos nada, con Cristo lo somos todo. Nuestra falta de valor real proviene de la crisis de identidad y pertenencia que experimentamos cuando caminamos sin Dios. El mundo se pregunta continuamente por qué estamos aquí y cuál es nuestro propósito; y aunque cada quien encuentra respuestas según sus creencias, Jesús vino a recordarnos que nuestra verdadera identidad es ser hijos del Dios único y Todopoderoso, aquel que nos diseñó y nos dio vida con el fin de que pudiéramos conocerle. (Génesis 1:27; Juan 1:12)

La Necesidad de una Cabeza Espiritual

Esta identidad como hijos se alcanza ahora por medio de Jesús. Todo cuerpo requiere de una cabeza que lo dirija. ¿Qué es un cuerpo sin cabeza? En la antigüedad, el pueblo de Israel comprobó el vacío de esta carencia cuando los reyes de Israel y Judá los conducían constantemente a la idolatría. Los profetas anunciaban las consecuencias de vivir así y, aunque Dios escuchaba el clamor del pueblo cuando este se humillaba, lamentablemente sus heridas profundas no sanaban por falta de una guía fiel. (2 Crónicas 7:14; Efesios 1:22-23)

El Espíritu sobre la Letra

En los tiempos de nuestro Maestro, existía un cuerpo, pero carecía de cabeza. El sacerdocio y los maestros de la ley dirigían al pueblo hacia una vida encerrada en el cumplimiento literal, dejando de lado el espíritu. Faltaban las obras de misericordia y el amor al prójimo; por ello, muchas de las enseñanzas de Jesús se enfocaron en recordarles por qué eran hijos de Dios. Un hijo no lo es por linaje de sangre, derecho terrenal, ni por tener a Moisés o Abraham como antepasados; un hijo lo es por la imagen que refleja en su vida, el cumplimiento de los mandamientos y la fe de Jesús. (Oseas 6:6; Gálatas 3:26-29)

Edificando sobre el Fundamento de Cristo

Un cuerpo sin cabeza es como una casa que se edifica sin Dios. En cambio, un cuerpo con la mente de Cristo edifica su estructura espiritual teniendo a Dios como fundamento y a Cristo como el ejemplo a seguir sobre cómo actuar para el beneficio del cuerpo y del mundo. El cuerpo de Cristo, representado en el pan, consiste en compartir todo lo que Dios nos da para el bien de los demás, sin juicios, reservas ni acepción de personas, permitiendo siempre que el Espíritu dirija nuestras obras. La ley del Espíritu es libertad: es andar conforme a la ley de Cristo, una ley que reconoce y teme al Padre, y que a través del conocimiento nos brinda la fe y la esperanza de que todo lo que hacemos recibirá una recompensa. (Salmos 127:1; 1 Corintios 2:16)

Las Recompensas de la Vida en el Espíritu

Pertenecer a Cristo nos permite vivir en libertad, guiados por el Espíritu de Dios. Sin el Espíritu, nuestros juicios y acciones se realizan en la carne; pero ¿cómo saber si vamos por el camino correcto? La clave es Cristo. Él es nuestra medida; no hay cuerpo sin Él, y no existe otro espíritu que dé vida al organismo completo sino el Espíritu Santo que proviene de Dios. Es el mismo Hijo quien da testimonio de estas verdades por medio de su palabra. (Ezequiel 36:27; Romanos 8:14)

Venciendo la Carne y la Muerte

Esa libertad no se encuentra en el mundo, porque la carne obedece a lo terrenal. Los pecados que nos aprisionan son más comunes de lo que imaginamos; la carne codicia y desea satisfacer sus propios deseos mediante sus obras. Pero, al darnos Cristo forma como cuerpo y enseñarnos a compartirlo todo, comprendemos que el objetivo común es la Vida Eterna. Esto nos obliga a abandonar el orgullo, la vanidad y la dureza de corazón para vivir en humildad y mansedumbre, permitiendo que Dios realice su obra en nosotros a través de Jesús, nuestro Redentor. Él redime nuestra alma y pensamientos, limpiándonos para estar presentes en lo que vivimos y sentimos, conectándonos con la ley espiritual para vencer a la muerte, tal como lo hizo nuestro Maestro. (Salmos 103:4; Gálatas 5:16-17)

Llamados a la Luz y la Edificación Mutua

Para esto hemos sido llamados: para salir de las tinieblas a su luz admirable. Para no olvidar nuestro propósito, debemos entender que no estamos aquí para juzgarnos ni frenar nuestro crecimiento, ni para criticarnos y mermar nuestras fuerzas, sino para edificarnos unos a otros. Debemos saber que todos nos apoyamos en nuestra cabeza, la cual da forma al cuerpo a imagen y semejanza de Dios, para que seamos uno solo con el Padre y con Jesús. (Isaías 9:2; 1 Pedro 2:9)

La Plenitud de la Ley en Jesús

Así, los ritos antiguos que recordamos son solo una sombra de lo que ahora vivimos en Jesús, quien nos lleva a comprender la eternidad de la Ley diseñada para perfeccionar a sus hijos, hasta encontrarnos cabales y sin que nos falte cosa alguna. El deseo de Dios es que todos alcancemos la salvación, que eliminemos la inmundicia del pecado de nuestra mente y corazón, y que recordemos quiénes somos y para qué hemos sido llamados: para sobrellevar las cargas los unos de los otros y ser libres de las acechanzas de Satanás utilizando la armadura espiritual. (Colosenses 2:17; Efesios 6:11)

La Guerra Espiritual y la Victoria Final

Declaremos la guerra a nuestro enemigo espiritual, saquemos de nuestra casa toda levadura y seamos una nueva masa en Cristo Jesús; una masa que se levanta gloriosa y armada con frutos espirituales. Nuestra lucha no es contra quienes nos rodean; existen entes espirituales que niegan la gloria de Dios y hacen la voluntad del enemigo. Pero, mientras tengamos vida, no cedamos ante esos pensamientos; seamos uno con nuestro Maestro, quien dio su vida por nosotros y se levantó de la muerte para darnos a todos la oportunidad de vida. (Éxodo 12:15; Efesios 6:12)

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