Vivimos en la era de lo efímero. Cambiamos de teléfono cada año, las tendencias en redes sociales duran apenas unas horas y nosotros mismos solemos experimentar una constante sensación de inestabilidad. Todo parece improvisado, pasajero y carente de raíces firmes.

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Ante esta crisis de inmediatez, el ser humano experimenta una profunda necesidad espiritual: encontrar un ancla. Necesitamos saber que nuestra existencia y los valores en los que creemos no son una casualidad del momento, sino que forman parte de un plan superior y eterno.

Para encontrar esa certeza, la teología de la Iglesia de Dios (Israelita) nos invita a realizar un viaje hacia atrás en el tiempo, mucho antes de la creación del mundo, para redescubrir un concepto fascinante: La Preexistencia de Cristo.

1. El Significado Oculto en las Palabras: De YEHOSUÁ a Cristo

Para comprender la magnitud de esta enseñanza, primero debemos limpiar el lenguaje de modismos modernos y regresar a sus raíces textuales. La palabra “Jesucristo” no es simplemente un nombre propio común; es la unión de dos verdades eternas y cósmicas:

  • YEHOSUÁ (Jesús): Proviene del vocablo hebreo que significa literalmente “Salvador” o “Jehová es Salvación”.
  • CHRISTOS (Cristo): Se origina de la voz griega que significa “Ungido”.

Cuando la Biblia dice que “Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21), no se refiere a un rescate de última hora. El nombre mismo revela que su misión de rescate ya estaba grabada en el tejido del universo antes de que el primer ser humano pisara la Tierra.

2. Él Ya Estaba Ahí: Desarmando la Cronología Humana

Para la mente lógica, la historia de Jesús comienza en el pesebre de Belén. Sin embargo, los textos bíblicos quiebran esta línea de tiempo. Como enseñan los cuadernos de la Escuela Sabática, Cristo existía con su Padre muchísimo antes de ser concebido en el vientre de María.

El propio Jesús confrontó la lógica de su época con una declaración rotunda que sigue resonando hoy:

“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.” — Juan 8:58

Él no dijo “yo era”, dijo “yo soy”, utilizando el tiempo presente continuo de la eternidad. Las Escrituras nos muestran que bajo figuras como el “Verbo de Dios” o la “Sabiduría de Dios”, Cristo fue el principio de la creación y el medio a través del cual el Padre ordenó el Universo visible e invisible (Proverbios 30:4; Juan 1:1-2; Colosenses 1:15-17).

3. Del Antiguo Testamento al Cumplimiento Histórico

La preexistencia no es una teoría abstracta inventada en el Nuevo Testamento; está tejida con hilos proféticos desde el Génesis.

A lo largo de las Escrituras, vemos este “lenguaje figurado” que anunciaba su venida:

  • Se le vislumbra desde la simiente de la mujer que vencería al mal (Génesis 3:15).
  • Se le tipifica en el cordero pascual, sacrificado desde el principio del mundo como un símbolo del rescate de la humanidad (Éxodo 12; Apocalipsis 13:8).
  • El profeta Miqueas (5:2) predijo con precisión matemática no solo su lugar de nacimiento (Belén), sino su verdadera naturaleza: “sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”.

¿Por qué esto cambia tu vida hoy?

Entender la preexistencia de Cristo no es solo para teólogos o eruditos; tiene un impacto directo en cómo afrontas tu día a día:

  1. Vence la ansiedad existencial: Si Cristo preexistía y el plan de salvación fue diseñado antes de la creación, significa que la historia humana no se mueve por accidentes geopolíticos ni por puro azar. Hay un diseño maestro. Al aplicar esto a tu vida cotidiana, puedes descansar en que las crisis que enfrentas hoy ya fueron previstas por un Dios que tiene el control del porvenir.
  2. Identidad y propósito firme: En un mundo que te dice que tu valor depende de lo que produces o de cuántos “likes” recibes, la preexistencia te recuerda que fuiste amado y tomado en cuenta en un plan cósmico de redención mucho antes de nacer. Tu valor es eterno, no coyuntural.
  3. El ejemplo de la obediencia: El cuaderno nos recuerda que Cristo, teniendo la dicha de estar con su Padre en gloria, tuvo a bien venir a la Tierra y tomar forma humana para servir y dar su vida (Filipenses 2:7). En nuestro día a día, esto nos enseña la máxima lección cotidiana: la verdadera grandeza no está en acumular poder o estatus, sino en la disposición de servir con humildad a quienes nos rodean.

Conclusión

Cuando comprendemos que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8), dejamos de ver la fe como una religión de costumbres dominicales. Se convierte en una filosofía de vida sólida. Cristo no es un personaje del pasado; es el origen eterno que le da sentido a nuestro presente y seguridad a nuestro futuro.

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