Los mandamientos de Dios incluyen a los diez preceptos que Dios grabó en dos tablas de piedra. Mandamientos escritos con el dedo de Dios (Exodo 31:18). El Omnipotente ordenó al Pueblo de Israel que los guardaran por estatuto perpetuo. Si obedecían serían su especial tesoro, un pueblo de sacerdotes y gentes santas. Esos preceptos son tan importantes que Moisés los repite al pueblo 40 años después de la primera vez que le fueron entregados. Además, recibió la orden de ponerlos dentro del Arca del Pacto. Estos mandamientos son:
“Este es aquél que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres. Y recibió las palabras de vida para darnos” (Hechos 7:38)
¿Qué necesito para ser salvo? Una pregunta que todos podemos hacer en algún momento de nuestra vida. El que necesita de la salvación la busca, por promesa de Cristo, él siempre estará ahí para guiarnos. Cada uno tiene en sus manos el gran don de Dios de poder decidir. Pero la Salvación se ofrece a toda la humanidad.
La obediecia y sus recompensas. ¿Qué es lo primero que se te viene a la mente cuando escuchas las palabras: acatamiento, sumisión, subordinación, respeto, sometimiento, docilidad, disciplina?. Todos estos son sinónimos de la Obediencia Para poder acceder a una recompensa, hay que seguir una serie de pasos. El Todopoderoso también tiene sus recompensas para poderlas recibir también ha trazado pasos a seguir. Los cuales si cuidadosamente ponemos en práctica, recibiremos el beneficio por escuchar su consejo y ponerlo por obra.
“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (Romanos 3:25)
La Sangre derramada para oportunidad de la humanidad, ha sido un evento que ha marcado la historia, Jesús de Nazaret que entrego su vida para que todos tuvieramos una oportunidad de reconciliarnos con nuestro Padre Celestial, porque no teníamos cómo justificarnos delante de Él por todas nuestras faltas. ¿Crees que hemos cometido errores al hacer las cosas a nuestra manera?
Creemos que la sangre de Cristo fue derramada para la remisión de los pecados y la expiación fue hecha en la Cruz. “ Al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Romanos 3:25)
Nuestra imperfección de la vida revela la necesidad de una expiación y reconciliación delante de Dios, esta circunstancia nos indica que requerimos de la ayuda divina. En nuestros días, la humanidad se encuentra en un estado de corrupción tal, que no es posible ofrecer un sacrificio para limpiar nuestros propios pecados por nosotros mismos a la usanza antigua del pueblo de Israel (Levítico 5:17-19).
Porque en aquel entonces, el Todopoderoso estableció la forma de expiar las culpas; esto era por medio de la sangre de animales. Pero los sacrificios dejaron de cumplir su objetivo, pues comenzaron a hacerse de manera mecánica, por costumbre. En consecuencia, la santidad no podía ser restaurada en su valor auténtico, lo que a la postre desagradó a Dios (Isaías 1:11-12), ya que el hombre sólo trataba de justificarse pero con ello hacía recordatorio únicamente de sus pecados (Hebreos 10:1-4).
La expiación de los pecados
Se había realizado por medio de la sangre desde el tiempo en que el pecado entró en el mundo hasta la presencia de Jesús; y sin embargo, Él tenía que morir por nuestros pecados.
Por tanto, era necesario un tipo de sacrificio que verdaderamente purificara al hombre de sus faltas. Sólo la sangre de un cordero perfecto podría, de una vez por todas, purificar a la humanidad de todas sus incorrecciones.
Para ello, Cristo vino a este mundo hecho semejante a los hombres, se ofreció a sí mismo, cumpliendo la voluntad de su Padre, para redimir los pecados de los hombres, con la característica especial de no haber cometido ningún pecado en su vida humana (Hebreos 7:24-28; 9:28).
Ahora se nos concede nuevamente la oportunidad de acercarnos a Dios al aceptar sinceramente el sacrificio de Cristo para nuestra salud.
El plan de Dios para salvación de la humanidad, fue hecho por el Dios Eterno como una forma para escapar de los resultados de la caída del hombre. En este plan puso a su Hijo Jesucristo para pagar la deuda de todos los hombres, e hizo posible nuestra salvación y redención para vida eterna. (Jn. 3:16, 10:1-7; Hch. 4:12; Ro. 5:11; 1 P. 1:18-19, 2:24; 1 Jn. 2:2-4; He. 9:13, 14, 28).
“Y no sólo esto, mas aun nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por el cual hemos ahora recibido la reconciliación” (Romanos 5:11)
El plan de salvación estuvo prefigurado y hecho por el Creador del universo, como un medio para que el hombre pudiera escapar de los resultados de su caída. El sabía, mucho antes de crear a Adam y Eva, que ellos sucumbirían a las tentaciones de Satanás, y por tanto ordenó un plan por el cual el hombre pudiera ser redimido del pecado (1Pedro 1:18-20).
Forma parte de este plan nuestro Maestro y Señor Jesucristo, como salvador de la humanidad “…para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Al hablar del amor Divino, no se hace mención únicamente al amor del Padre, sino que igualmente se refiere al amor de su Hijo. Jesús se manifestó también hacia la raza humana, al dejar su gloria y habitación celestial para venir a ser siervo como cualquier hombre y así ofrecerse en sacrificio por todos, dando voluntariamente su vida por sus ovejas (Juan 10:15-18; Filipenses 2:7-8).
El profeta Isaías hace hincapié que el Mesías “como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:5-7), cordero que tenía que ser sacrificado y derramar su sangre para redimirnos del pecado, porque el apóstol Pablo dice: “Sin derramamiento de sangre, no hay remisión de pecados…” (Hebreos 9:22).
Cuando vino el tiempo en que el Hijo de Dios empezara su ministerio terrenal, Juan el Bautista como su precursor, habló de él diciendo: “…He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
El sacrificio de nuestro Señor Jesucristo es realmente el que nos da salvación si en verdad nosotros le aceptamos como el Cordero de Dios.
Por el gran amor que Dios ha tenido para la humanidad, formuló ese plan divino de salvación, ahora el Señor Jesús, al ser parte de ese plan, vino a cumplir con el mismo para que no nos perdamos y que le aceptemos como nuestro salvador, por lo cual Dios ha puesto la vida de su Hijo, derramando su sangre para limpiarnos de todo pecado.
Nos corresponde ahora a nosotros hacer un sacrificio: limpiémonos de toda levadura que nos aparte de la voluntad del Altísimo, y hagamos fiesta en ázimos de sinceridad y verdad para con Dios.
El hombre fue creado como un ser perfecto, pero por medio de su desobediencia cayó de la gracia de Dios, ganando imperfección, muerte y maldición, efecto que perdura hasta hoy en todo hombre. (Gn. 1.26-31, 3:8-20, 1 Co. 15:21; Ro. 5:12).
“De consiguiente, vino la reconciliación por uno, así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron” (Romanos 5:12)
La frase LA CAÍDA DEL HOMBRE es consecuencia de lo que aconteció en el huerto de Edén, donde Adam y Eva comieron del árbol prohibido, esta frase se usa en sentido figurado, pues ellos no cayeron literalmente, sino en el sentido de que fueron vencidos por Satanás; perdieron su posición en la gracia de Dios.
Antes de su caída, el hombre pudo haber tenido una existencia perpetua, todo lo que el corazón humano podía haber deseado. Y tenía dominio y control sobre todo ser viviente. Todo cuanto podía desear estaba en sus manos, un hermoso huerto, deliciosos frutos, un clima ideal, un estado de preservación perfecto, no era inmortal, estaba sujeto a la muerte, pero pudo haber obedecido a su creador, estar bajo su protección y vivir para siempre.
Pero la desobediencia al mandato de Dios provocó que el hombre cayera de su estado de perfección, todo aquello podría considerarse como un incidente trivial y sin importancia, pues al fin y al cabo ningún crimen se había cometido; tampoco Adam y Eva habían maldecido a Dios, ni se habían hecho un ídolo para adorarlo, pero sí propició que esa desobediencia se considerara como una grave falta delante de Dios, lo que les acarreó el castigo.
El hecho de participar del árbol prohibido, tuvo como consecuencia una repercusión tremenda que hasta el día de hoy se deja sentir en cualquier ángulo del mundo. Así vemos que un acto de desobediencia, por simple que parezca, es una gran ofensa a Dios. Como en el caso de Adam y Eva, que al ofender a Dios, perdieron la imagen de su Creador.
El apóstol Pedro nos muestra que el Todopoderoso no perdonó a los que desobedecieron en el tiempo antiguo. De igual manera, el apóstol Pablo nos enseña que si Dios no perdonó a las ramas naturales, a nosotros tampoco nos perdonará, porque una falta, un acto de desobediencia, puede apartamos del camino que nos lleva a La Vida Eterna (2a Pedro 2:4-6; Romanos 11:18-22).
Amados hermanos, permanezcamos en el camino de Dios, al cual fuimos llamados, conservemos la rectitud que nos dio el Creador; así como la perfección que ha sido mostrada a nosotros a través del ejemplo de Cristo (Mateo 5:48). De esta forma tendremos las bendiciones y recibiremos la promesa de vida.
Satanás es “la serpiente antigua, la cual es llamada Diablo y Satanás”. Y que él es el adversario de Dios y de su Pueblo. (Ap. 20:2, 1 P. 5:8; 2 Co. 11:14; Mt. 13:39; Ef. 6:10-12; Lc. 10:18; Jn. 8:44; Ap. 12:9, 20:10).
“Sed templados, y velad; porque vuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devore” (1a Pedro 5:8)
El hombre ha sido una víctima de Satanás desde que el pecado entró en el mundo, hasta el tiempo presente. Influye en las personas, en los hogares, en las sociedades, en los gobiernos, para apartarlos de los caminos de Dios.
No nos debe extrañar esto que afirmamos, porque este ser, habiendo sido un querubín grande y hermoso desde el día en que fue creado, estuvo en el santo monte de Dios, siendo perfecto en todos sus caminos, hasta que se halló en él la maldad y se enalteció su corazón. Dios lo arrojó de ese lugar a la tierra. Él se hace presente ante los reyes de la tierra para que lo miren, le sigan y se maravillen de sus obras (Ezequiel 28:13-19).
Como consecuencia ahora lo encontramos tratando de engañar a la humanidad mostrándose en su interior, no en lo exterior, es un ser imperceptible, no físico porque es un espíritu. El apóstol Pablo nos dice que: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires” (Efesios 6:12).
La Iglesia de Dios está advertida de que es un poder invisible que acosa continuamente a la humanidad. Nos corresponde denunciar su obra malévola y dañina entre los hombres; este problema es grande y delicado, y requiere un remedio, pues debiera ser de mucho interés para todos, tanto para gobernantes, como para nosotros.
Satanás tiene diferentes nombres revelados en la Biblia, como Diablo, Serpiente antigua. Adversario, León rugiente, Dragón, Engañador, Lucero de la Mañana, etc., pero a pesar de sus muchos nombres y títulos, debemos conocerle como es, astuto y destructivo en el corazón del hombre.
El corazón del hombre es el lugar en donde se originan los malos pensamientos y las acciones (Mateo 15:19). Satanás se aprovecha de la debilidad humana para transformar el corazón del hombre en un instrumento de maldad.
Con la finalidad de rescatarlo y librarnos a nosotros mismos de sus garras, debemos conocer mejor la táctica que usa Satanás y no ignorar como influye en el interior del hombre, pues esto nos lleva solamente a la destrucción.
Por tanto hermanos, si conocemos el daño que hace Satanás en el hombre, nosotros que tenemos la sanidad de Dios, que es pormedio de su Palabra, debemos tomar en cuenta estos consejos que es medicina para nuestro hombre interior y atender a lo dicho por el apóstol Pablo: “… estad firmes contra las acechanzas del Diablo; … ceñidos vuestros lomos de verdad y vestios de la cota de justicia…” (Efesios 6:11-17).
Asistir al culto del sábado puntualmente y guardar los mandamientos de Dios nos alejará de la influencia de Satanás y nos llevará por el camino de Dios.
Creemos que el Espíritu Santo (también llamado el Santo Paráclito) es el Consolador prometido por nuestro Señor Jesucristo, que reside en el corazón de los que diligentemente le buscan. El Espíritu Santo es el que nos guía a la verdad y a la justicia; también nos ayuda para poder atestiguar de Él. Su presencia se manifiesta tanto en palabra como en “los frutos del Espíritu”, cuando se guardan los Mandamientos de Dios. (Jn. 14:15-19, 16:13; Lc. 11:9-13; Hch. 1:8; Ro. 5:5; Gá. 5:22-26, 1 Co. 12:7-11).
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Juan 14:26)
Sabiendo nuestro señor Jesucristo que pronto iba a dejar a sus discípulos, los consoló prometiéndoles el Espíritu Santo, por lo que les dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: Al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en vosotros” (Juan 14:16-17).
Este consolador es el Espíritu Santo o Santo Espíritu (Juan 14:26), él nos guía en el camino de la verdad y permanece en nosotros, nos recuerda el juicio venidero (Juan 16:7-14) y redarguye del pecado. El Espíritu también nos ayuda en lo que nos conviene pedir en oración (Romanos 8:26-27).
Cuando somos llamados para testificar delante de los hombres acerca de la fe que practicamos, es el Espíritu Santo, quien dirige nuestras palabras, de modo que no tenemos congoja de cómo debemos responder (Mateo 10:19-20).
Muchos proclaman que el Espíritu Santo está en nuestras vidas, nosotros podemos confirmarlo y no nos dejamos engañar, porque el mismo Espíritu nos guía a toda verdad (Juan 16:13), de modo que todo aquel que cree y enseña una cosa que está en contra de la Palabra de Dios, tal persona no posee el Espíritu Santo.
Estas palabras parecen duras, pero nos hacen ser cuidadosos, porque Satanás continuamente anda alrededor buscando a quien devorar (1a Pedro 5:8), él es experto en el engaño y trata de destruimos.
Es importante pedirle en oración a Dios que mantenga siempre su Santo Espíritu en nosotros, como pidió el rey David. Y nosotros abrir nuestro corazón para recibirle y practicar los frutos del Espíritu (Gálatas 5:22-23, 25), de esta manera evitaremos que Satanás esté en nuestro corazón y saldremos vencedores para escuchar en el día postrero las palabras de bienvenida del Señor Jesucristo (Salmos 51:11-12)
“Y reposará sobre él el espíritu deJehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Isaías 1:16)
Cuando el Espíritu Santo interviene en el principio de la creación de los cielos y de la tierra, es por la autorización del Padre Celestial, por lo que narra el libro de Génesis capítulo 1:1-2 nos percatamos que actúa en el primer día, pues este ser se movía sobre la haz de las aguas, ya que estaba en proceso el ordenamiento de los elementos que vendrían a ser el soporte para la existencia de todos los seres vivos (vegetales, animales y el género humano). También el Espíritu interviene para que dichos seres fuesen en anima viviente (Salmos 104:30).
El Espíritu Santo es designado en las Sagradas Escrituras con diferentes nombres, según la obra que realiza es el nombre con que es presentado. Así como al Padre y al Hijo se les llama con diferentes nombres, dependiendo de la acción que llevan a cabo; lo mismo ocurre con el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo también es considerado en la Escritura como una potestad mediante la cual Dios obra. Se presenta en la creación y en la vida humana. Y también está presente en todos aquellos que cumplen con la voluntad de Dios como: Seth, Henoch, Noe, Abraham, Isaac, Jacob, etc.
Este Espíritu Santo fue quien inspiró a los escritores sagrados para que escribieran la Palabra Divina que contiene toda la voluntad de Dios (2a Pedro 1:20-21).
El Espíritu Santo es considerado como una entidad, un ser, equivalente a una persona, no es física como nosotros, que tenemos manos, boca, ojos, etc. Se le llama persona, porque es un ser a quien se le atribuyen acciones y sentimientos propias de un ser, porque inspira, ordena, gime, se enoja, se contrista, pide, tiene autoridad, etc. Aplicando de esta manera la figura retórica de antropopatismo. Por ser un ente metafísico que no se ve, pero que cuenta con características similares a las nuestras, se le da al Espíritu Santo el calificativo de persona (2a Pedro 1:20-21; Hechos 13:2; Romanos 8:26; Isaías 63:10; Efesios 4:30; Mateo 28:19).
Dejémonos guiar por este Espíritu si queremos alcanzar la vida eterna, porque el llevará nuestro camino por los senderos de luz que es la Palabra de Dios (Gálatas 5:22-25).
Jesús de Nazareth es el único Hijo de Dios engendrado por el Espíritu Santo, concebido por María cuando era aún virgen. Él es el Cristo o Mesías, enviado por Dios como nuestro Salvador y Redentor. (Jn. 3:16, 4:9, 1:18, 6:65, 4:25; Mt. 1:18-25, 14:23, 16:16; Is. 7.14; Lc. 1:26-36, 2:6-32, 4:14-21; Hch. 4:62; Tit. 2:14).
“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 1:16)
Creemos que Jesús de Nazareth es el único Hijo de Dios engendrado por el Espíritu Santo y concebido por la virgen María. Él es el Cristo o Mesías, enviado por Dios como nuestro Salvador y Redentor (Juan 3:16; 4:25; 1:18; 4:42; Mateo 1:18-25; 16:16; Isaías 7:14; Lucas 1:26-36; 2:6-32; 4:14-21; Hechos 4:12, 26-27; Salmos 2:2; Tito 2:13-14).
Jesucristo antes de su manifestación en carne, ya existía, en él se manifestaron dos naturalezas: la espiritual y la material. Es un punto doctrinal fundamental y básico para nuestra fe. Ya que todo está relacionado con Jesucristo, y Él es el único que pertenece a la eternidad, a lo angélico y terreno. Así como el Apóstol Pablo lo considera como la piedra fundamental para la edificación de la iglesia (Efesios 2:20-21), también lo es de todo el universo (Salmos 118:22).
Cuando él existía en la eternidad no se le conocía como Jesús, ni como Cristo, únicamente se le conocía como el Hijo. Porque el nombre Jesús solamente lo podría tener hasta el momento de salvar al pueblo de sus pecados. La palabra Jesús significa Salvador; estaba profetizado que llegaría a realizar la salvación de Israel (Salmos 130:8; Lucas 2:11; Mateo 1:21).
Tampoco se le conocía como Cristo, este nombre significa Ungido y en ese tiempo todavía no era ungido, sino hasta que vino a Juan el Bautista para ser bautizado de él, en el rió Jordán (Hechos 10:38; 4:27).
Por tanto, la palabra Jesucristo es una palabra compuesta que significa el Salvador Ungido.
Según el texto bíblico: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Por esta revelación divina, sabemos que antes de que Jesús fuera engendrado en el vientre de la virgen María, él ya vivía, ya existía con su Padre, como dice el proverbista Salomón: ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?” (Proverbios 30:4; 8:1, 23).
Antes de tomar materia, nos dice la Palabra de Dios que era conocido como el Hijo de Dios, como Verbo de Dios, razón por la cual dijo Jesús: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58; 1:1-2; Hebreos 1:1-6).
Jesucristo fue creado antes de toda criatura angelical y humana: “el primogénito de toda criatura” (Apocalipsis 3:14; Colosenses 1:15). Jesucristo al ser creado, participó de la gloria que Dios le otorgó y por medio de él. Dios creó lo metafísico y toda la materia (Proverbios 8:22-30; 1a Corintios 1:24, 30; Colosenses 1:15-17; Juan 17:4-5; Hebreos 11:3). Y permaneció con el Padre hasta que lo introdujo en la tierra para cumplir el propósito que preparó el Omnipotente: para la salvación de la humanidad (Hebreos 1:6).
: “Y todos los que moran en la tierra le adoraron, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8)
El apóstol Pablo dice: “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho subdito a la ley” (Gálatas 4:4). Al hablar de “el cumplimiento del tiempo” se refiere a todo aquello que escribieron los profetas con relación a Cristo, comenzando por su nacimiento en Beth-lehem, de una virgen, porque se tenía que cumplir en él lo que estaba escrito por Isaías que dijo: “…He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (Isaías 7:14).
Por el versículo anterior creemos que Cristo nació de una virgen y que esto fue obra del Espíritu Santo, ningún otro ser ha sido concebido en la forma en que lo fue Jesús (Mateo 1:20, 23). La Sagrada Escritura dice que sería llamado Hijo de Dios (Lucas 1:35). Se llamaría Emmanuel que significa Dios con nosotros (Mateo 1:23). Nuestro Señor Jesucristo vino a cumplir el plan de salvación previsto desde antes de la fundación del mundo (Juan 1:11; Mateo 10:6; Hechos 4:12; 13:46; Juan 3:16); Cristo es el Cordero que fue muerto desde el principio (Apocalipsis 13:8; Juan 1:29); llevado al matadero, sin abrir su boca, “derramó su vida hasta la muerte por todos nosotros”; cordero tipificado en la Pascua (Exodo 12:1; 1a Corintios 5:7; Isaías 53: 1-7; 1a Pedro 2:21-24).
Daniel el profeta escribe el tiempo y momento en que Cristo vendría para ofrecerse en sacrificio, esto nos lo muestra por medio de la profecía de las Setenta Semanas en que se presentaría el Mesías (Daniel 9:25-27).
Por su parte el profeta Isaías dice de él: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro: y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6). Nos enseña las cualidades que tendría Cristo al dejar la gloria que tenía al estar cerca de su Padre.
Al dejar la gloria con la que estaba revestido, con ello nos demuestra su sujeción al Padre, pues fue obediente hasta la muerte. El apóstol Pablo confirma lo anterior al decirnos:
“El cual siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios, sin embargo se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7). Al tomar forma de hombre, con sentimientos y necesidades propias del ser humano, en esa condición se humilló y llevó nuestras flaquezas. Por ello, no debemos despreciar este inmenso sacrificio, por el contrario valorarlo y cumplir con lo que Dios nos ha ordenado.
Después de esto Cristo retornó al Padre y recobró lo que Dios le había dado cuando le dice: “Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).
Todo lo que hemos visto en esta lección se cumplió en el Señor Jesús, pues él mismo expresó: “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos” (Lucas 24:44). Así, amados hermanos, por la misericordia de Dios es que estamos dentro de su doctrina. Por tanto, debemos aprovechar aprendiendo más acerca de Él en las Sagradas Escrituras, que nos llevarán a la salvación, el Maestro dijo: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).
“Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en tí, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21)
“Yo y el Padre una cosa somos; … El que me ha visto, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?;… Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí…” (Juan 10:30; 14:9, 11), por una mala comprensión de las Sagradas Escrituras, se ha propiciado que a textos como las anteriores, las gentes los lleguen a interpretar a su manera, pensando que el Padre y Cristo son la misma persona (2a Pedro 1:20; 3:16). No son los únicos versículos que han tergiversado, hay más pasajes donde ellos creen que Cristo y Dios son el mismo ser, creando una gran confusión sobre este tema (Romanos 9:5, 1a Juan 5:20, Isaías 9:6; 1a Timoteo 3:16).
Como se observa en los textos anteriores, estos muestran al Padre como: Salvador, Rey, Redentor, y Señor, de la misma manera se señala a Jesucristo. Esto tiene una explicación que es la siguiente:
Si la Escritura nos dice que Jehová es Salvador, Rey, Redentor, y Señor, asimismo a Cristo se le aplica los estos calificativos, es porque tiene el mismo propósito, es decir, persigue un objetivo común que es cumplir con el Plan Divino de redención del ser humano, preestablecido por el Soberano Dios. Esto no quiere decir que Dios y Cristo sean la misma persona (Isaías 43:11-15 compare con Mateo 1:21; Juan 18:37; Efesios 1:7; Job 19:25).
Cuando dice: “Yo y el Padre una cosa somos” (Juan 10:30), es porque hace alusión al propósito señalado en el párrafo anterior. Siguiendo la misma idea, se podría decir de los creyentes. Los hijos de Dios debemos ser uno con Dios y Cristo, y no por ello queremos decir que somos Dios (Juan 17:21). Al seguir los lineamientos del Eterno, se alcanza una identificación plena entre los creyentes con Dios y Cristo, pues todos buscan la santificación de los hombres (Juan 17:15- 22).
Al decirnos: “El que me ha visto, ha visto al Padre” (Juan 14:9), nos da a entender que por conducto de la doctrina y de sus obras, hemos visto al Padre, esas obras son su valiosa creación. Las obras de amor y misericordia que realizaba Cristo son las mismas obras que Dios ha hecho en favor de los hombres. Por estas obras es como si viéramos la intervención del Padre, pero no por ello son lo mismo, porque el contexto de los versículos viene hablando de las obras (Juan 14:9-11).
Asimismo, cuando dice: “Yo soy en el Padre y el Padre en mí “ es porque las palabras que Cristo hablaba, eran de Dios, y no
solo él, aún nosotros si tenemos su palabra y cumplimos las obras que nos ha encomendado, estaremos en Dios, igual que Cristo está en el Padre (Juan 14:11). Estos pasajes no hablan de que Dios y Cristo sean una misma persona, sino del obrar de dos personas en las mismas cosas.
Aun cuando Cristo sea designado como Dios, no quiere decir que Cristo sea igual al Eterno Padre. Aún los hombres que aplican las leyes y la voluntad de Dios, toman el lugar de Dios y reciben el nombre o el término de dios (Exodo 14:16; Salmos 82:1-6), pero siendo hombres no son el mismo Eterno. Moisés recibe el calificativo de dios, pero no por ello es el Todopoderoso, (Exodo 7:1). También los ángeles llevan el nombre de dios, pero no por ello vamos a confundir que Jehová Dios es un ángel (Exodo 23:20-21).
Si Cristo recibe el nombre de Dios, es por apelativo, porque Cristo, los hombres y los ángeles únicamente están llevando el adjetivo de dios,pero jamás vamos a pensar sean Dios. Únicamente cuentan con la representación, es decir, el permiso del Eterno de llevar este sobrenombre, en este sentido solo son instrumentos de Dios para enseñar su voluntad a los hombres.
Después de analizar estos aspectos, tenemos una enseñanza práctica; evitemos cantar coros o himnos donde se confunde a Cristo con Dios.
Hermanos Obreros e Iglesia: orientados por la doctrina que han profesado los hombres del ayer, escribamos himnos y cánticos espirituales dando a cada quien su lugar y nivel. Dios en su supremacía y su Hijo Amado siempre sujeto a la voluntad del Padre (Exodo 33:27; Filipenses 2:6).